Ahora debe faltar como una hora y media para que yo cumpla 21 años. Eso técnicamente es un cuarto de siglo. Pero si lo queremos ver más dramáticamente, podríamos decir que estoy llegando al primer tercio de mi vida. También podría sacar los típicos cálculos curiosos, como que he vivido 7.665 días, 183960 horas, 662256000 segundos, y que por lo tanto mi corazón ha latido como unas 772632000 veces hasta el momento en el que escribo estas líneas. A los humanos nos gustan las cifras: creemos que nos hacen ver las cosas como realmente son. Por lo menos en la mayoría de las veces. Pero no siempre. Por ejemplo, hay cosas de estos veintiun años de mi vida que los números no saben contar. paradójico ¿no? Los números no saben contar. ¡ja! Ni yo lo entiendo.
Escribo lento. Borro muchas de las cosas que escribo. Por ejemplo, la frase anterior la había borrado, pero me arrepentí. por que quería decir que: para saber escribir hay que saber borrar. ¡Pero qué me pasa! Un signo prematuro de vejez. estaba hablando de otra cosa, ¿no es así?
Ahora tengo 21 años. Qué curioso es nuestro lenguaje; decir uno que tiene lo que ya no tiene, decir uno que tiene lo que ya pasó. Creo que hay un error ahí. ¿No sería más lógico pensar que los años que uno tiene son los que vienen por vivir? Eso sería mejor, por que así, uno no tendría una edad exacta, si no una edad aproximada. Entonces yo diría. -tengo, aproximadamente 69 años-.